
A Osvaldo acaban de nombrarlo en la Municipalidad de Río Cuarto, es uno más de los contratados. Ha ingresado porque el tío es concejal y porque estuvo desde la primera hora haciendo campaña. Pegó afiches, hizo pintadas y fue a todos los actos en que debió estar. En el garaje de su casa aún hay afiches de propaganda. Ahora los usa cuando hay asado, sirven para iniciar el fuego. A veces el recuerdo lo atrapa, mira con cierto desden lo que dicen los afiches. Entre la nostalgia, los breves sueños y la realidad, hay tanta distancia que se decepciona y tiende a deprimirse. Menos mal que se queman rápido se dice y observa taciturno las llamas de la hoguera.
Osvaldo ha ingresado para hacer nada. Por un par de semanas tuvo la inquietud de saber cual era su función para cambiar el rumbo. Nadie le explicó que debe hacer, su expectativa se fue diluyendo. En la oficina hay demasiada gente. Faltan sillas para tanto culo sin destino. Hay dos computadoras. Hay Internet y hay un teléfono. Ahora cortaron el café, apenas mates. Y nunca, como en todos lados, habrá una birome a mano. Los que estamos en la oficina hablamos seis horas todos los días. De las apretadas de Gamsur, de la cena de los muchachos de la otra sección, de los compañeros borrachos y de Micaela, la secretaria más bella del municipio. Y por supuesto, también se hablará del director que organizó una fiesta en la quinta de Banda Norte. Todos terminaron en la pileta. No, Micaela no fue. Parece que el novio no la dejó.
Lo de Internet es bueno, contar con ese medio de comunicación hace que ser holgazán sea más placentero. Además, aunque la disputa por las computadoras es feroz, uno puede chatear con los amigos que ingresaron al hospital. Están igual que nosotros.
El padre de Roberto tiene razón. Nos estamos pareciendo a las provincias pobres. El empleo en el estado disfraza a un subsidio. Y la política mal entendida hace que el estado, los entes públicos se transformen en puertos donde se amarran parientes, hijos y entenados. Y no hay presupuesto que aguante.
La gente no tiene donde sentarse. Hablo de los empleados, la otra gente no importa. Que esperen parados, lo único que hacen es quejarse. No quieren pagar impuestos, que se jodan.¡Que esperen parados!...Y si, algunos de los que nos miran desde el otro lado del mostrador tal vez sean ciudadanos auto convocados. Anda a atenderlos vos, despáchalos rápidos…Estos tipos se ponen molestos enseguida…
Osvaldo va para el año en la oficina. A cada rato se plantea que está ocurriendo con su vida. Siempre quiso trabajar, buscar un medio para progresar, sentirse útil a la ciudadanía, pensó que desde el estado podría encausar su potencial solidario. Osvaldo esta dolido, ser ñoqui lo degrada y lo perturba. No entiende la grisitud de ese ejército de parados, de vidas intrascendentes y vocaciones frustradas.
Osvaldo se sonríe cuando la Tía Porota lo felicita.¡¡ Mi sobrino se acomodó en la municipalidad!!, cuídalo, aconseja la tía, del estado nunca te despiden…
Osvaldo está mustio, marchito, deslucido. Su vida laboral es una sucesión de vacíos intolerables. No admite tanta vagancia acumulada. Tanto tiempo sin hacer. Tanto espacio por llenar con nada. Ese es su trabajo, estar seis horas mirando pasar la vida. A cambio, cada fin de mes, el estado le retribuye sin atrasos un monto que solo alcanza para sobrevivir la vida.
Esta desconcertado, decepcionado. Tiene ganas de salir a pelearla afuera. Sumarse al regimiento de audaces que intentan superar los obstáculos sin la comodidad del sueldito ni las mañas de cumplir horarios.
Una mañana llega a la oficina y presenta la renuncia. Indeclinable. A su jefe le argumenta que ese trabajo es insalubre. Sus compañeros lo miran asombrados. No lo entienden. La tía Porota, tampoco…